Amargados en el Futbol

Algunos amigos, con motivo de mi último artículo sobre el odio deportivo, me dicen que realmente reconocen que hay gente que odia en el fútbol –ellos no, por supuesto– pero que el que odia no desea que desaparezca otro u otros equipos. Les molesta la derrota, pero es transitoria esa percepción. Les he dicho que sí hay personas que odian permanentemente en el deporte.

Algunos amigos, con motivo de mi último artículo sobre el odio deportivo, me dicen que realmente reconocen que hay gente que odia en el fútbol –ellos no, por supuesto– pero que el que odia no desea que desaparezca otro u otros equipos. Les molesta la derrota, pero es transitoria esa percepción. Les he dicho que sí hay personas que odian permanentemente en el deporte.

Por ejemplo, decía yo, hay toreros y eléctricos que quisieran el exterminio del otro equipo aunque realmente, insistía yo, son pocos.

Esa minoría que odia hasta la desaparición, lo hace porque la presencia del otro significa la latente permanencia del dolor, entonces, desea eliminarlo para terminar con la angustia de su existencia.

La sola presencia de ese tipo extremo es la muestra palpable del que odia hasta la muerte, es más fuerte que el amor hacia su equipo o institución, en buen rigor, no sabe amar. Al contrario, dice un buen fundamento deportivo, uno quiere que el otro exista para ganarle siempre y mientras más veces nos enfrentamos más deportivo soy porque compito y gano o pierdo que es la esencia misma del deporte. En esta posición estoy amando al deporte en la buena aceptación del concepto y la práctica del amor.

¿Amargados? Sí, claro, todos nos amargamos cuando pierde nuestro equipo. Normalmente es un sentimiento hacia adentro, interior. La amargura se las descifra buscando las razones por las que mi equipo no pudo ganar y haría muy mal si mi amargura la proyecto hacia el equipo rival.

¿Qué culpa tiene el otro que me supo ganar? Tengo que analizar la no capacidad de los míos en la derrota. Tengo que ver si los jugadores de mi divisa jugaron bien, regular o mal. Si el director técnico satisface o no el gusto que tengo sobre el juego. Si los dirigentes están mejorando las cosas.

Y, por último, tengo el destinatario más culpable de toda mi amargura, el árbitro. El árbitro es el destino final de todo amargado. Esto no excusa la posibilidad del error del colegiado, tanto como cuando se equivoca un jugador. El árbitro es parte fundamental e imprescindible del juego.

En la amargura de la derrota hay gradaciones. No es lo mismo cuando se pierde contra un reconocido como mejor como cuando se pierde con un equipo paquete.

La verdad es que tanto la amargura y el odio existen como parte de las pasiones que despiertan en el fútbol, así como el amor también. ¿Estamos?

Fuente : Diario el Universo

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